
EL SEPULCRO OLVIDADO
Escapando de la cruel rutina de la ciudad me cobije en el panteón familiar para calmar mi corazón. Me encontraba más perturbado que de costumbre.
El viento cálido ululaba entre las tumbas, haciéndome perder el sentido del tiempo y sin darme cuenta la noche se había apoderado del cielo .
Intranquilo, corrí por entre tumbas desconocidas y olvidadas hasta que, finalmente, crucé la antigua reja que separaba la ciudad de los muertos con la de los vivos; pero antes de alejarme del lugar, un perfume penetrante congeló mis pasos, haciéndome voltear mi mirada en busca de la fuente de aquel exquisito aroma.
Caminé de regreso al camposanto en pos de aquel poderoso aroma, adentrándome en el infinito laberinto de tumbas y mausoleos hasta encontré la fuente de ese maravilloso perfume: una pequeña tumba sin nombre rodeada de flores muertas.
No había ninguna pista que me indicara quién era su ocupante o quién fue en vida, ante este hecho, inexplicablemente experimenté una profunda pena por su desconocido ocupante.
De pronto la tristeza me hizo su presa, y, sin pensarlo me abalancé sobre aquella pequeña tumba abrazándola, sin importarme los guijarros que horadaban mis rodillas ni las zarzas resecas que se clavaban en mis brazos; tratando de mostrar a su ocupante que no todo el mundo lo había olvidado y que aunque no supiera quien era, lo apreciaba. Mientras hacía esto las flores muertas absorbían mi sangre.
¿Cuánto tiempo ha pasado? No estoy seguro, sólo se que habría dormido abrazando a esa tumba sin nombre por siempre, de no haber sido sacudido por una fría mano que me devolvió el aliento.
Al abrir los ojos, la luz de la luna llana me permitió observar a quien me había sacado de aquel extraño sueño, era una mujer pálida, de cuerpo delgado y estilizado como una figurilla egipcia de la época de los faraones.
Sus ojos violetas me observaban llenos de una misteriosa satisfacción.
-Gracias – me dijo mientras retiraba sus cabellos rojizos de du rostro y me ayudaba a levantarme.
No estaba seguro del porqué me agradecía y cuando traté de preguntárselo las palabras no me salieron de mi boca, sólo balbuceos sin sentido. Ella al escucharlos sonrió y tomando mi mano me guio por el interminable laberinto de tumbas hasta que abandonamos juntos la necrópolis y disfrutamos de la ciudad de los vivos y sus luces fantasmales.
Al fin, hartados de los excesos nocturnos de la urbe nos dirigimos, casi por instinto, al tugurio que me servía de refugio, y allí nos entregamos al desenfreno, entrelazando nuestros cuerpos en una danza de sudor y carne como nunca antes había sentido. Los primeros rayos del sol empezaron a nacer; y entonces, para mi terror y asombro aquella mujer se desvaneció ante mis ojos como llevada por un viento demoniaco.
Al observar ese hecho mi mente ya débil por las alucinaciones de la noche anterior (por lo menos eso me dije a mí mismo que eran) la busqué con desesperación; queriendo un poco más de aquel mítico momento que me dio a probar.
Pero no lo encontré.
Sólo hallé la tumba sin nombre con sus flores renacidas. Con la esperanza de volverla a ver cuidé la tumba y alimenté las flores con lágrimas y sangre; abandonando así mi cordura y vida, con la vaga esperanza de tenerla de nuevo en mis brazos.
Escribo estas líneas con mi último hálito de vida, con la esperanza de que nadie más caiga en las garras de este delicioso y cruel espectro que me ha llevado, en vida a habitar entre los muertos, con sólo probar el opio de sus labios.
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